Por Alejandro Egea Vivancos
“Llega mayo y Murcia acoge la gran fiesta de la tolerancia. Las calles, rincones y plazas de la ciudad se convierten en escenarios abiertos a las artes del mundo para hablar de paz y respeto entre los pueblos.” Paz, respeto, tolerancia, fiesta… Así se vende el festival Murcia Tres Culturas por parte del Ayuntamiento. Durante esos días haremos gala de nuestra enorme capacidad de comprensión al diferente. Eso sí, siempre que venga, actúe y se vaya. Una cosa muy distinta son esos otros que pretenden saltar a través de una valla que separa el infierno más absoluto de un falso paraíso de cartón piedra.
Y mientras tanto, al otro lado del Mediterráneo, Ibn al-‘Arabí, más conocido por estos lares como Abenarabi o Ben Arabí, un murciano universal, llora desde su tumba ubicada en una mezquita ubicada al norte de Damasco. Allí yace desde 1240, aunque era oriundo de la Mursiya andalusí. Este místico sufí, filósofo, poeta, viajero y sabio musulmán debe contemplar con tristeza y asombro la situación de su país de adopción, así como la inoperancia y olvido del lugar que le vio nacer.
Según ACNUR, tras tres años de conflicto en Siria, más de 2,6 millones de personas se han convertido en refugiadas, abandonado sus hogares, sus tierras, sus posesiones, etc., y han buscado un refugio en países vecinos como Líbano, Jordania, Irak y Turquía. Según la agencia de la ONU para ayuda al refugiado sólo en el primero de ellos ya hay más de un millón de sirios. Los datos de fallecidos, aunque difíciles de cotejar, son más dramáticos si cabe. La guerra ha terminado con la vida de más de 100000 personas.
La hospitalidad de los países limítrofes parece no tener fin. Bastante diferente es la situación en España. Le debemos tanto a este país que resultan vergonzosas las trabas que el Estado establece para dar asilo a los cada vez más numerosos refugiados sirios que llegan a nuestras fronteras. A mitad de diciembre de 2013 el Consejo de Ministros aprobó reasentar a cien refugiados sirios en 2014; hasta entonces sólo se había comprometido a acoger a treinta personas. Hasta febrero el gobierno había concedido protección internacional únicamente al 14 % del total de solicitudes de asilo. Los trámites administrativos son tediosos, eternos.
Los datos de asilo a sirios en Europa son ciertamente lamentables. Si bien es cierto que, como siempre, la solidaridad va por barrios. Como en otras muchas cosas, tenemos mucho que aprender de Alemania. Diez mil personas se ha comprometido a aceptar la locomotora de Europa. Claro está que ellos no tienen nuestra crisis, habrá anotado con presteza el lector inteligente. También es cierto que Merkel y los suyos no tienen unos lazos tremendamente fuertes que les hermanan con este país del Próximo Oriente hasta la médula. Cuando los Abasí aniquilaron a los Omeya en una fiesta sangrienta, Abderramán I tuvo la suerte de huir de Damasco y encontrar refugio en Al-Andalus. Desde entonces, Siria y la Península Ibérica han tenido mucho en común. De hecho, la ayuda al desarrollo y proyectos de cooperación españoles siempre han mirado a este país amigo. Igual no lo sabe mucha gente, pero hasta la Universidad de Murcia llegó a contar con una misión arqueológica a orillas del río Éufrates. Eran otros tiempos.
Nada que ver con el presente, en efecto. Ya que si casamos los datos de asilo con los presupuestos de Ayuda Oficial al Desarrollo de este 2014 la conclusión no puede ser más desesperanzadora. Esta partida ha sido guillotinada una vez más, dejando nuestra aportación a la Cooperación en un penoso y lamentable 0,17 % de nuestro PIB. La media en la UE es de 0,5 %, siendo superados hasta por Portugal (0,27 %) e Irlanda (0,48 %), países con una situación económica nada boyante. Al fútbol les ganamos, eso sí.
Un viajero empedernido como Ibn al-‘Arabí, sus ansias de conocer le llevaron a recorrer prácticamente casi todo el mundo musulmán de su época, vería con asombro y, seguramente, tristeza, los límites e insolidaridad que España establece ante la desgracia ajena.
La inoperancia europea respecto al conflicto es otro cantar. La sangría está siendo terrible y, mientras, los medios, orquestados desde arriba, siguen guiando nuestro “interés informativo” hacia Ucrania o hacia Venezuela. Conflictos terribles, pero nada que ver en cantidad y horror con lo sucedido en Siria. En tiempos de elecciones europeas, hay que apostar por una UE que funcione con una voz internacional fuerte y unitaria en la defensa de la solidaridad, la libertad y los derechos humanos. Allá donde haga falta eso sí, porque no puede ser que la defensa de la democracia y la paz vaya por modas o por barrios, dependiendo de los intereses petroleros o gasísticos. Hay que apostar de manera decidida por una Europa en la que se luche por la erradicación de la pobreza, allá donde esté, la dignificación de los movimientos migratorios, vengan de donde vengan, y donde la tolerancia no se limite a un par de semanas.
Alejandro Egea Vivancos es co-portavoz de EQUO RM
Publicado en La Verdad. 15 de mayo de 2014 (Edición papel)

